¿ PARA QUÉ RECURRIR A LA JUSTICIA ?
Diariamente me formulo una pregunta cuya reiterada respuesta me desconcierta. ¿ Por qué se recurre a la Justicia para resolver casos de ilegitimidad o violaciones a las normas legales y aun constitucionales ?
La institución denominada hoy eufemísticamente “Justicia”, se ha transformado en una sucursal del poder omnímodo Kirchnerista el que, como sabemos , se basa sobre la venganza, el odio y el resentimiento contra todos los valores fundamentales de esa Institución.
Los magistrados con contadas y honrosas excepciones, deben obedecer ciegamente al poder dictatorial de este gobierno. No pueden, y la mayoría no quiere, apartarse de las normas impuestas por aquellos sentimientos degradantes. Ni por asomo pueden recurrir a su formación académica ni a su sentido ético para emitir sus fallos.
La mayoría de los jueces, incluyendo a miembros del máximo tribunal, son producto de esa misma malformación marxista-revolucionaria y más aun, ex cómplices de las organizaciones terroristas que asolaron a nuestro país en la década de los •’70.
Cuando se ha producido un lavado de cerebros constante e intensivo, aquello que constituía la norma esencial de conducta para la convivencia pacífica de la sociedad, ha pasado a ser algo reprochable y pasado de moda.
Sobre esa deformación maligna de dichas normas se basa todo el aparato gubernamental, incluida la justicia por lo cual, sugiero a los ciudadanos, especialmente a los abogados y aun contra sus intereses pecuniarios circunstanciales, que, si pueden defender esos valores: su vida .su libertad y su propiedad por sus propios medios no se sometan a la ridícula e hipócrita pretensión de recurrir a la llamada “justicia” que los degrada y esclaviza.
NORBERTO L. CARCA
martes, 2 de marzo de 2010
domingo, 28 de febrero de 2010
“ La gran superstición política del pasado fue
el derecho divino de los reyes . La gran supers_
tición política del presente es el derecho divino
de los parlamentos”
Herbert Spencer “El hombre contra el Estado”
La sociedad argentina está condenada a la mediocridad y a las dictaduras.
Esta aseveración es consecuencia del concepto de democracia que se ha inculcado a la ciudadanía y que ésta lo ha aceptado casi religiosamente. “El partido político que gana una elección, barre con todo”
Uno de los grandes culpables de esta siniestra deformación del concepto de Democracia, fue el hoy llamado “Padre de la democracia”, el Dr. Raúl Alfonsín.
Esa degeneración de la idea de la Democracia no es solo patrimonio del personaje nombrado, sino que pareciera ser aceptado por los políticos y los pocos periodistas y comentaristas independientes que aun quedan en el país.
No se escucha una sola voz reivindicando la noción de la limitación del poder gubernamental impuesto por las disposiciones de nuestra Constitución Nacional de 1853/60 , para que la Democracia cumpla sus funciones.
Todos especulan con el resultado de las próximas elecciones como si fuera el único medio a disposición del pueblo de la Nación para frenar al desaforado dictador “democrático” que detenta el poder omnímodo en este momento: Néstor Kirchner.
Nadie puede pretender en un país el goce de una continuidad jurídico-institucional si la misma se juega en cada consulta electoral que se realiza.
No debería hacer falta enunciar ejemplos para demostrar algo que, a priori, puede deducirse mediante el razonamiento lógico. Así lo elaboraron y establecieron sus autores en nuestra magnífica Constitución Nacional de 1853/60.
Los países preponderantes del mundo civilizado lo demuestran. La continuidad de sus instituciones es respetada a rajatablas sea cual fuere el partido político que gane una elección.
El gran desafío histórico del momento que determinará nuestro futuro como país civilizado es uno solo: rescatar las disposiciones esenciales de la Constitución de 1853/60 y aclarar las mentes de la ciudadanía envenenadas por la prédica de los demagogos sedientos de poder.
Es fundamental que se comprenda que un triunfo o derrota electorales no dan ni quitan facultades a las momentáneas mayorías parlamentarias, y que los derechos individuales que garantiza nuestra Carta Magna no deben ser violados por el desborde de poder de una mayoría circunstancial sin hacer caer a quienes lo detentan, en la categoría de “Infames traidores a la Patria”.
Norberto L. Carca
el derecho divino de los reyes . La gran supers_
tición política del presente es el derecho divino
de los parlamentos”
Herbert Spencer “El hombre contra el Estado”
La sociedad argentina está condenada a la mediocridad y a las dictaduras.
Esta aseveración es consecuencia del concepto de democracia que se ha inculcado a la ciudadanía y que ésta lo ha aceptado casi religiosamente. “El partido político que gana una elección, barre con todo”
Uno de los grandes culpables de esta siniestra deformación del concepto de Democracia, fue el hoy llamado “Padre de la democracia”, el Dr. Raúl Alfonsín.
Esa degeneración de la idea de la Democracia no es solo patrimonio del personaje nombrado, sino que pareciera ser aceptado por los políticos y los pocos periodistas y comentaristas independientes que aun quedan en el país.
No se escucha una sola voz reivindicando la noción de la limitación del poder gubernamental impuesto por las disposiciones de nuestra Constitución Nacional de 1853/60 , para que la Democracia cumpla sus funciones.
Todos especulan con el resultado de las próximas elecciones como si fuera el único medio a disposición del pueblo de la Nación para frenar al desaforado dictador “democrático” que detenta el poder omnímodo en este momento: Néstor Kirchner.
Nadie puede pretender en un país el goce de una continuidad jurídico-institucional si la misma se juega en cada consulta electoral que se realiza.
No debería hacer falta enunciar ejemplos para demostrar algo que, a priori, puede deducirse mediante el razonamiento lógico. Así lo elaboraron y establecieron sus autores en nuestra magnífica Constitución Nacional de 1853/60.
Los países preponderantes del mundo civilizado lo demuestran. La continuidad de sus instituciones es respetada a rajatablas sea cual fuere el partido político que gane una elección.
El gran desafío histórico del momento que determinará nuestro futuro como país civilizado es uno solo: rescatar las disposiciones esenciales de la Constitución de 1853/60 y aclarar las mentes de la ciudadanía envenenadas por la prédica de los demagogos sedientos de poder.
Es fundamental que se comprenda que un triunfo o derrota electorales no dan ni quitan facultades a las momentáneas mayorías parlamentarias, y que los derechos individuales que garantiza nuestra Carta Magna no deben ser violados por el desborde de poder de una mayoría circunstancial sin hacer caer a quienes lo detentan, en la categoría de “Infames traidores a la Patria”.
Norberto L. Carca
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